
Haciendo honor a nuestro blog, y probando nuevas técnicas en el ámbito culinario; hemos realizado pequeños platos sencillos, pero exquisitos para aquellos, con los paladares más exigentes.





Desde que me entró el gusanillo por la cocina y ahora que se ha acrecentado con el curso de cocina y las "degustaciones" que hemos hecho satisfactoriamente en comidas familiares, me ha entrado la curiosidad por este aparato tan famoso.Puesto que durante la semana había llovido y hecho sol, y las condiciones determinaban buenas expectativas, decidimos acercarnos a la zona del pantano del Atazar. Con una cesta, dos garrotas y unas navajas en los bolsillos comenzamos la búsqueda del tan suculento níscalo. La mañana se presentó bastante fría pero las ansias de búsqueda no frenaron nuestros propósitos. Empezamos llenando la cesta con 4 champiñones silvestres, empezando y terminando dado que el tamaño que tenían no quedaba apenas espacio para encontrar nada más...
Dejamos el prado donde nos encontrábamos, cruzamos la carretera y el pantano, al rato hubo un gran parón donde apenas encontramos nada, estaba la zona muy rebuscada, eran las 10.30 de la mañana y había mucha gente en la zona. Empezamos a adentrarnos entre las jaras y rebuscando entre la hojarasca y al fin apareció el primero. Desde ese momento no paramos de encontrar, parecía que saliesen a medida que nos acercábamos a la zona. Con una cesta entera de níscalos, y cuatro súper-champiñones en las manos, nos fuimos a casa con la mañana aprovechada.

El primer reto que nos encontramos fue escalar por la ladera de la montaña hasta conseguir subir al supuesto camino. Una vez arriba y con un níscalo en la cesta, (llevábamos 3 entre los 10 que éramos, dado que el día anterior habían encontrado un montón en otra zona). Pues bien, una vez empezada nuestra búsqueda, sorteando ramas, zarzas, caminos imposibles y bosques de helechos, y con un solo níscalo en nuestro poder después de una hora por el monte; decidimos que era hora de acabar con tan intensa búsqueda y volvernos a casa.
Después de una productiva mañana, y con tres cestas llenas de aire, llegamos a casa listos para curarnos las heridas del afligido orgullo de explorador. Menuda decepción de día.
Espero que la próxima vez que vayamos en busca de tan exquisito manjar llenemos nuestras cestas de algo más que del tan puro aire de montaña.